Me levanto y levito, me muevo suavemente hasta encontrar la bufanda café, esa que me daba dos vueltas y media y sobraba. Salgo arropado de mis sienes zumbantes, busco el aire en un cigarro antes de lavarme los ojos, recorro el centro que aun no despierta, los suplementeros me detienen con intrigantes noticias que ayer también lo fueron y quizás también anteayer y quizás también ante-anteayer. A esto sólo le falta mar. A la orilla de Antonio Núñez de Fonseca, el puerto se puede ver de frente, sería bueno ir con un vino tibio a ver despertar la ciudad. Me arrepiento, compro pan en el lugar más alejado de la casa, no compro del diario y me devuelvo. Dos huevos fritos son el remedio para encarrilarme a la rutina. Hiervo el agua y recuerdo las lluvias de Valparaíso en calle Fischer, el rio que cruzaba la escalera verticalmente y las ventanas abiertas para sentir aquel frio. Me arropo con la chaqueta de mi abuelo, la que se le rompió los bolsillos, la cuadriculada con chiporrro. Me detengo con un café sobre la calle y recuerdo las conversaciones en la avenida Alemania donde el vino se mezclaba con té verde. Es hora de empezar el día pero cuando no sale el sol, parece que son más las cosas que debo hacer que no hago a diario. Debería leer, leer algún poema de algún poeta que precisamente no está en mi biblioteca, debería leer los mismos textos que a uno le atraen cuando despierta en otro sitio. Menos mal que no compré el diario, menos mal que no prendía la tele. Me mojo la cara un poco y despierto es hora de continuar, apago la música que me hace pensar que soy un protagonista de alguna película y me voy enajernar en la cocina
Acto I Sin tener a la venta porotos verdes, el guatón de la esquina gritó: ¡al verde, al verde! El Campión, de reojo vio a acercarse a la feria una pareja de carabineros, sin pensarlo, casi de modo automático recogió del suelo el paño con los estrenos del mes, los metió al bolso, y sin darme cuenta tiró el bolso en alguna caja arriba de la camioneta. Por un momento la feria se calló, los ojos se clavaron en él, que entre la gente daba vueltas sobre sí mismo. Todos intentaban seguir el ritmo normal, solidarizaban con el casero de las películas, intentando hacerlo pasar por un cliente, pero el silencio era evidente. Se acercó a mi puesto, tomó una bolsa y comenzó a llenarla con lo que tenía al frente, parece que eran naranjas, mientras las echaba miraba sobre su hombro a la pareja, más de una vez me miró a los ojos, queriendo decirme algo quizás, queriendo pasar desapercibido cuando todos lo miraban. El momento fue eterno, pero no fueron más de cinco minutos, el Campión dejó la bo...
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