Las coronas de las abejas reinas se diferencian de las coronas de los hormigas reinas, al ser menos brillantes que estas últimas. Compensan este desinterés por el brillo con una larga capa amarilla y negra. Las hormigas en cambio, lucen pequeños cristales de azúcar sobre sus cabezas, generando un aura brillante en la oscuridad de sus palacios. A ambas las caracteriza sus minúsculas cinturas y su fertilidad. A pesar de los accesorios que pudieran llevar, estas soberanas son seguidas instintivamente por sus súbditos, pero a pesar de ello nos resulta difícil poder distinguirlas.
Dentro de los eslabones sociales de la entramada jerarquía de abejas y hormigas, existe un problema aun mayor, ya que a la fecha no nos es posible determinar quiénes son los orfebres responsables de las coronas. En el mundo de las abejas, se cuenta el mito de cómo nace la tradición de coronar a las reinas, se dice surgió espontáneamente desde las obreras, quienes decidieron aliviar su incesante puerperio con pistilos de azafrán, inmediatamente la envidia se apoderó de los súbditos de toda estirpe y comenzaron a generar diferentes tipos de coronas, con distintos materiales. Esto indica el pasó de una acción medicinal y altruista, a una acción egoísta y superficial. De ahí, dice también el mito, se entiende que las coronas de las abejas reinas, en algún momento de la historia tuvieron cristales de azúcar, seguramente robados a las hormigas por algún zángano. En el caso de las hormigas la situación fue diferente, en sus relatos cosmogónicos se cuenta que la coronación de la primera reina fue llevada a cabo por una deidad –la misma deidad que les indicó cómo organizar sus colonias—, la cual dio forma a los cristales con sus mandíbulas, por ello, en el momento en que se coronan las reinas hormigas, nadie sabe de donde aparece la corona, sólo se traspasa de mano en mano, pasando por cada una de ellas hasta llegar el púlpito real.
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