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cuento: ahi estaba sonia

Ahí estaba Sonia

Ahí estaba Sonia, mi ex mujer, con la mirada perdida y en silencio, el mundo giraba sin importarnos y sin mirarnos, el mundo giraba inundado en una bulla ensordecedora. No era para menos. Los amigos de Lucas lloraban
desahuciados, abrazándose entre ellos  y consolándose, nosotros cada vez nos volvíamos menos ajenos y más cordiales, aquella cordialidad que sólo se da en silencio, una especie de empatía. Ahí estaba Sonia y ahí estaba Lucas, ahí estaba el cadáver de Lucas. Aquel ya no era mi hijo, era solamente una de las tantas cosas bellas que dejó en este lugar. Descendía su cuerpo y el silencio me absorbía. De pronto Sonia cruzó por entre la gente y nos dimos cuenta que sólo nosotros éramos nuestro consuelo. Se apoyó en mi hombro mientras mi mirada seguía pérdida y mi boca siempre en silencio y mi corazón latiendo al ritmo del sonido de la tierra golpeando el cajón.
Miraba el sepulcro mientras retazos de recuerdos me golpeaban como latigazos, pensaba que Sonia le sucedía lo mismo pero con otros recuerdos. Yo lo recordaba arañado y mojado cuando intentó lavar al gato, pensaba que Sonia recordaba cosas como sus primeras palabras o sus tallas de ropa, yo recordaba cuando me di cuenta que le salió bigote, cuando entró, una que otra vez, de madrugada a la casa, borracho luego de supuestos cumpleaños de sus compañeros. Pensaba que Sonia recordaba cuando le quitó los pañales o lo que él le regaló para el día de la mamá.
Quería que todo terminara lo antes posible, no quería abrazar a nadie más, salvo a Sonia luego de ese momento, no quería recibir consuelos ni pésames de sus amigos.
Al terminar el funeral nos despedimos como siempre, sin interés, pero en nuestras miradas seguía aquel silencio como una incógnita a nuestros sentimientos. Me despedí rápidamente y huí, huí como si fuese el culpable de todo lo ocurrido a Lucas.
A casa me acompañaron dos de mis amigos, creo que me entendían. Mientras tomábamos un whisky  que compre con desesperación, mi silencio se rompió. Y lloré y lloré, no me canse de repetirles aquellos recuerdos que mientras bajaba la urna me atacaron. Les pedí que se retiraran y me dejaran solo, no sin antes idear todo un plan para que no insistieran en que solo estaría peor.
A los pocos minutos suena el teléfono. Era Sonia, pedía verme para conversar. Llamaba desde la esquina de mi casa porque apareció sin demora. Bebimos unos cuantos vasos siempre con aquel silencio espacial hasta que de un momento a otro nos abrazamos, un abrazo cómplice, un abrazo con olvido, un abrazo que Lucas hubiese soñado a los doce años. Lleno de olvido pues no podía imaginarme el recuerdo de la noche en que sus besos se despidieron de los míos. No podía imaginarme y no quería imaginarme porqué ese abrazo no fue antes, porqué ese abrazo no estuvo cuando fue necesario para reivindicar  junto a Lucas lo que habíamos prometido.
En un estallido de llanto y de whisky, en un estallido de inmensa pena y de olvido nos secamos las lágrimas perdidas en las mejillas con los labios, luego las lágrimas perdidas en los labios las secamos con nuestros besos, y nos besamos en el sueño de Lucas, y sus labios pasaron a mi cuello y mi mano bajó de su pelo hasta su cintura para dominar el momento. Y mi tristeza y la de ella se escondieron en lo más profundo de nuestras almas para subordinarnos al deseo naciente del olvido.
Botamos los vasos con nuestros pies derramando el licor en la alfombra para sublimarlo con nuestros cuerpos ya desnudos y arrojados sobre aquellas manchas. Fue ocultar nuestra distancia fue marcar el puente que nos uniría, fue construir lo que Lucas planificó desde su adolescencia.
Nos empapelamos en “te-quieros”, en los recuerdos que teníamos de Lucas, en perdones. Y 10 años se nos hicieron segundos, y volvimos a nacer, volvimos a ser la maquina de la cual éramos los engranajes. Teníamos un motor convertido en cadáver, bajo tierra desde hace pocas horas, en silencio desde hace dos días, perdido desde hace dos días. A poco comencé a comprender que el cadáver de Lucas seguía siendo el motor que nos unía, se convertía en una abstracción por la cual luchar, un recuerdo que era necesario mantener vivo. Una cuestión que latía antes de que Lucas existiera y que late con más fuerzas cuando Lucas dejó de existir. No era Lucas nuestro problema pero si nuestra abulia.
Ahí  estaba Sonia con los ojos abiertos y con el humo perdiéndole la mirada, desnuda sobre los vasos derramados, con el pelo tapándole los hombros y yo sentado en el sillón pensando que en su vientre no se acunará Lucas, ni cualquier otro ente que nos una. Sin Lucas somos una pareja de jóvenes, sin Lucas nuestro amor se limita a las palabras que una vez nos traicionaron. Lucas fue la referencia de nuestro amor, la materia de nuestras palabras y no nos dimos cuenta, era Lucas nuestro sueño convertido en realidad, y era Sonia la finalidad de mis actos, y Lucas fue nuestro sueño que por concreto lo dejamos al devenir. Ahí estaba Sonia y ahí bajo tierra nuestra construcción, ahí estaba Sonia y frente a ella mi cuerpo arrojado en el sillón, llenándose de palabras nuevamente uniendo deseos que había abandonado.

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